miércoles, 22 de noviembre de 2017

Dejando ir "el amor"

Este si o si ¡hay que leerlo con birra!

 - Linda, ese mae ya está saliendo con otra chavala… Usted ya debería pasar página.
 - Es que eso no importa, aunque esté con otra yo lo voy a querer y voy a estar ahí. Es que así es el amor.
 - …

Antes de seguir me gustaría solamente aclarar una cosa: Soy una fiel defensora del amor, pero del amor lindo, del bueno como dicen.

Dicho lo anterior, voy directo al punto: Es increíble cómo nos han lavado por siglos el cerebro con eso de que “el amor duele”, “cuando se ama se sufre” y cuanta frase similar escuchamos repetirse una y otra vez.

Y sobreviven en el tiempo porque creemos y estamos absolutamente convencidos de que es de esa manera. A tal punto, que cuando nos encontramos en una relación que nos lastima lo vemos como parte del paquete “Es que así es el amor ¿ves?”

Mae… ¿En serio?... ¡No me jodás!

¡No! El amor es algo demasiado puro y distinto al dolor. Las parejas más exitosas que conozco coinciden que las relaciones pasan por momentos buenos y malos, pero no hablan de dolor; porque un bache es muy diferente a llevar palo en una relación, que contrario a sumarnos nos desgasta cada día más.

Alguien me dijo un día: ¿Quién dijo que tenía que ser correspondido? ¡Pues claro que tiene que ser correspondido! ¿Si no de qué sirve? ¿Para qué queremos poner nuestros sentimientos en un terreno infértil en el que nunca van a germinar?

Aun cuando en algún momento haya funcionado, no implica que puede o vaya a funcionar eternamente. Y por más que digan que “donde hubo fuego cenizas quedan” debemos tener la mente clara y la cabeza lo suficiente fría pasa saber cuándo podemos avivar la llama y cuando lo que hacemos nada más es esparcir humo y cenizas por todo lado.

¡Qué fuga más gigante de energía estar en un capítulo que la otra persona ya cerró y al que ya no va a volver! Porque muchas veces, en un acto de masoquismo puro y con la excusa de “luchar por lo que queremos” no dejamos de insistir e insistir en reconquistar a alguien que ya nos archivó y siguió su camino.

Convertimos lo que pensamos es una lucha, en una pérdida de tiempo porque creemos – juramos – que nuestro simple esfuerzo bastará para reconstruir algo que se ya se dañó o, en el peor de los casos, ni siquiera existió. (quién no se haya ilusionado de gratis que tire la primera piedra).

En momentos así, debemos de agarrarnos de un amor más grande para salir del charco: Del amor propio. Tener la convicción que merecemos mucho más que pasar noches enteras pensando en alguien que no piensa en nosotros sino en alguien más.

Nos han dicho que hay que dar sin esperar nada a cambio y siento romperles la burbuja, pero esa es una de las teorías más tergiversadas de la vida y un salvavidas desinflado al que nos aferramos para no enterrar lo que – sabemos, pero no aceptamos – hace ratos se murió.

Debemos aprender como se dice popularmente “a jalar” de dónde ya no tenemos nada que hacer, decidir querernos más a nosotros mismos y (¿por qué no?) darnos la oportunidad de conocer a alguien más.

Si para seguir necesitamos primero cerrar el ciclo y enviar ese mensaje, hacer aquella llamada para estar en paz ¡Ok, adelante! ¿Quiere tomarse hasta el líquido de las rodillas? ¿Llorar hasta que Noé empiece a meter los animalitos en el arca? ¡Dele! Pero luego le pone un candado al episodio, bota la llave, se lava la cara, se viste de dignidad, se adorna con una sonrisa que muestre hasta la última muela y sale con la frente en alto al mundo nuevamente.

Finalmente, dejar ir no nos hace cobardes ni insensibles, sino inteligentes y mejores. Porque como lo dijo el gran maestro Cerati “Decir adiós es crecer”.

Mari.
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jueves, 16 de noviembre de 2017

Realmente ¿Queremos lo que pedimos?

En esta ocasión, les cedo la libertad de escoger si lo quieren con café o birra... dependerá de sus propias reflexiones ;)

Una de las preguntas frecuentes que nos hacen en diferentes etapas y momentos es ¿Qué queremos recibir de la vida? Y aunque la mayoría contestamos con aparente seguridad manifestando nuestras expectativas, cada vez estoy más convencida que las personas pedimos muchas veces cosas que realmente no queremos o por las que no estamos dispuestos a pagar ¡Y casos sobran!

Están aquellos que van por la vida diciendo que quieren una novia que les de su espacio y libertad de acción, pero cuando la tienen se quejan de que no se preocupan por ellos. Mujeres que quieren al hombre más cariñoso y atento del mundo, y después se convencen (o las convencen sus amigas, compañeros de trabajo, familia, etc.) de que es un “pega”.

Nos gusta andar en fiestas y pachangas eternas con nuestros amigos, porque es la vida que llevábamos y así nos conocieron, pero si nuestra pareja hace lo mismo (aunque así la conociéramos también) es motivo para el inicio de la tercera guerra mundial.

Vamos por la vida pregonando que queremos rodearnos de gente sincera y directa y cuando sucede, las tachamos de personas frívolas, sin sentimientos ni tacto para decir las cosas. (La sinceridad ¡pásala! Pero solo cuando nos sea conveniente).

Los hombres, quieren mujeres que les den sexo fácil y sin compromiso, son fieles a la libertad sexual y la defienden como una expresión inequívoca de su masculinidad; pero si una chica pide o hace lo mismo se reservan el derecho natural de referirse a ella como “zorra”, “fácil”, “cul*”, etc.

Mujeres que quieren ejercer la misma libertad sexual de la que por siglos ha gozado el hombre (de lo cuál soy partidaria 100% ojo); ser la femme fatal que come cuando le da la gana, con quién le da la gana y las veces que le dé la gana, porque eso hacen los hombres ¿O no? Pero no soportan que no las llamen al día siguiente o no les pongan por lo menos un SMS de “la pasé bien”. Y diay ¿No que solo por el rato?

Y el asunto no acaba ahí, porque esa actitud se expande a muchos otros campos de nuestras vidas, por no decir a todos. Ambicionamos tener mucho dinero, pero con el menor esfuerzo posible. Un trabajo donde nos paguen mucho pero que obvio trabajemos poco (a la inversa nos rasgamos las vestiduras).

Queremos una carrera y un título profesional que nos presente al mundo como personas preparadas, cultas y estudiadas, pero sin estudiar, hacer trabajos, aprender, quemarnos las pestañas y menos sacrificar la plata de las birritas.

Deseamos amigos que siempre estén para nosotros, aunque solo los busquemos cuando necesitamos o nos sobra tiempo. Una familia unida, perfecta y en armonía, aunque nunca hayamos hecho el esfuerzo de ser parte de ella en la acción y no solo por una congruencia de ADN.

Simplemente, buscamos una libertad que no sabemos cómo manejar, un espacio que luego queremos llenar porque nos parece vacío y éxitos por los que no estamos dispuestos a luchar. Nos gusta la parte bonita que es recibir, pero no dejamos de ser egoístas ni mediocres a la hora de dar.

Es ley de la vida, que toda acción traiga consigo una consecuencia independientemente de que sea buena o mala. Si pedimos algo, debemos afrontar la responsabilidad de tenerlo. Y si no lo puede manejar ¡No lo pida! ¡No lo busque!

Entonces ¿De verdad queremos todo lo que pedimos? ¿Tenemos la intención de dar lo que se requiere para recibir lo que esperamos? La única gran verdad, es que no todos queremos lo mismo ni pretendemos vivir de la misma forma. Y si tanto amamos hacer lo que se nos da la gana ¿Por qué nos disgustamos cuando los otros aplican la misma filosofía de vida?

Y no es una cuestión de género, es naturaleza humana. Y el único punto de consenso posible es la práctica de 2 cosas: Respeto y equilibrio. Respeto hacia las otras personas y la forma de llevar sus vidas. Y equilibrio para dar en la medida que recibimos y pedir en la proporción en que entregamos.

Si no está del todo o nada satisfecho con lo que acontece en su vida en alguno o muchos ámbitos, quizás sea el momento de analizar si lo que tiene es realmente lo que desea, pues reitero, muchos pedimos lo que posiblemente ni en pesadillas queremos realmente obtener.

Mari.



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sábado, 11 de noviembre de 2017

Mi (no) crisis de los treinta y tantos

Este post además de ir con birra, va dirigido especialmente a las mujeres ;)

No cabe duda que el tiempo no corre ¡Vuela! Y así en una navidad por aquí más, otro queque de cumpleaños por allá, hace un par de meses llegué a la edad de Cristo, los famosos treinta y tres pues.

La cosa es que después de los treinta nacen infinidad de nuevas etiquetas y ahí, es cuando empieza a gestarse para nosotras esa cosa que si no pelamos el ojo nos atropella, conocida como la famosa “crisis de los treintas”.

Porque si como yo, los treinta y tantos les llegan solteras, sin querendengue conocido y para rematar sin hijos, de una no más sepan que a cómo van apagando velitas la sociedad les va estampando en la frente además de la etiqueta de “vieja”, una cada año más enorme de “solterona”.

Si a esa soltería cuchicheada le sumamos el cúmulo de “metas” de los veintes que íbamos (si, tiempo pasado) a tener ya cumplidas después de los treintas estalla la cosa, aunque se trate de cosas absurdas de realizar en ese tiempo para los mortales, honrados y que no nos hemos pegado el gordito de fin de año, como tener mansión, carro del año, condo en la playa, millones guardados, conocer medio planeta, etc.

Pero como huésped desde hace tres años del tercer piso, les voy a compartir un dato: No se asusten nunca de los treintas ¿Saben por qué? Porque solo con el paso de estos años llegan y se van cosas que de otra manera no podrían suceder.

Y aquí vienen los por qué:

Porque después de los treinta por fin se despiden tantas inseguridades cargadas durante los veintitantos y los “¡Ay, qué vergüenza!” para dejar espacio a la seguridad de saber quiénes somos, que queremos, cómo y cuándo. Porque aunque aún tenemos dudas, son muchísimas más nuestras certezas y convicciones.

Porque no importa el qué dirán los otros, pues nos ganamos la libertad de hacer y ser lo que nosotras – si nosotras – queramos y no lo que los demás esperan. Porque reconocemos ¡al fin! todo el valor que tenemos como mujeres y dejamos de aceptar menos de lo justo en todos los ámbitos de la vida.

Porque contrario a sufrirlo, ahora disfrutamos de un fin de semana completo en casa pues ese tiempo lo dedicamos a la familia y a nosotras mismas, cuya compañía dicho sea de paso ahora valoramos increíblemente.

Y cuando si se sale, los planes cambian de fiestón interminable con juma incluida a idas al cine, cafés y cenas con amigos verdaderos; y no por vejez como muchos dicen, sino por disfrutar más de la compañía, la conversación y el momento.

Porque aprendemos a reconocer un amigo que nos va a acompañar años de un conocido que va a estar en una etapa de la vida y ya. Y con eso también cambia el orden de prioridades: en los veintes lo primero eran nuestros amigos, a los treintas sin duda lo más importante y valioso es la familia.

Porque empiezan a haber menos parejas, pero no porque ya estemos con fecha de caducidad, sino porque desaparece la cantidad para enfocarse en la calidad, pues como dijo una amiga un día de estos, después de los treinta sabemos que el amor no se trata de sentir mariposas en la panza, sino de encontrar un compañero de vida.

Porque nos rompieron el corazón muchas veces, pero en el proceso aprendimos dos cosas fundamentales:
  1. Si la historia es reiterativa no hay que cambiar de prójimo, sino cambiar nosotras mismas.
  2. Antes que el amor por otros, hay que poner siempre el amor propio.

Porque nos equivocamos muchas veces, hicimos berrinche, nos auto-compadecimos, hicimos berrinche, aprendimos, hicimos más berrinche, pero seguimos y eso nos hizo ser más inteligentes y más fuertes. Porque ahora nos maquillamos menos que antes, pero nos arreglamos mucho más el espíritu.

Porque después de tantos años de guerra fría con nuestro cuerpo (ese que no es ni será perfecto) por fin hacemos las paces con él y empezamos a preocuparnos por su estado, pues aquí no aplica lo del Hilux “no lo maneje, maltrátelo” entonces empezamos a chinearlo más.

Porque en mi caso personal, mi relación con Dios pasó de pedirle que no me fuera como en feria por llegar tarde a la casa, a agradecerle por cada cosa que pone en mi vida aún si no las noto por lo cotidiano, a agradecerle por tanto amor y tanta paciencia que ha tenido conmigo estos años.

Porque nuestros sueños son ahora también metas y objetivos claros, pues sabemos perfectamente cuál es nuestra capacidad y conocemos nuestros límites, sabemos cuáles son las fortalezas y las debilidades.

Y porque, en conclusión, después de los treinta nos sentimos más nosotras, bendecidas, seguras, decididas, humanas, completas y felices que nunca y podemos decir con total convicción:


¡Benditos sean los treinta y tantos!


Mari.
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martes, 7 de noviembre de 2017

Misión: #OperacionEspalda

Quisiera compartirlo con birra, pero toca con café. Ya verán por qué.

Cuando volví de vacaciones, visité a mi nutricionista con quien llevo poco más de un año en el proceso de aprender a comer saludablemente para hacer el recuento de los daños de todo lo comido en esos días.

Si bien me sentía un poco más “rellena” el resultado fue mucho peor de lo esperado, tanto que mi nutricionista se impresionó porque el aumento de grasa era inclusive superior al que tuve en diciembre, el mes en que todos por tradición nos ponemos gorditos y bonitos.

Esto realmente afectó mi estado anímico no por subir o bajar kilitos, sino, porque hace unos meses recibí un diagnóstico de desgaste prematuro de discos lumbares y el único camino posible para evitar una cirugía en la columna es desarrollar el músculo suficiente para darle soporte a la espalda. Y pues entre más grasa tenga, más difícil va a ser generar músculo.

Si les comparto esto es por dos razones:

1. Luego de varias preguntas sobre cómo me sentía, cómo estaba durmiendo, que tan ansiosa estaba, etc., concluimos que mis vacaciones eran inocentes de la falta cometida y que el culpable era mi estado emocional actual.


Descubrimos que mi realidad actual me genera cantidades increíbles de estrés que mi cuerpo está canalizando en aumento de grasa y una necesidad estúpida de azúcar y porquerías que he estado supliendo sin control (bien dicen que el estrés es la enfermedad del siglo XXI).

Y es que necesito realmente alcanzar los resultados para evitar la cirugía, pero todo el tema interno que atravieso me está impidiendo avanzar. Sin embaro, ella me dijo algo muy cierto:

 - Mari, no deje que las circunstancias afecten sus metas y objetivos.

Y ojo que en mi caso se trata de un tema de salud, pero bien puede tratarse de temas de pareja, familiares, económicos, laborales, etc. que nos estén cortando el avance. El consejo aplica para todo y para todos, ahí les dejo la espinita.

La segunda razón:

2. Decidí compartir mi #OperaciónEspalda en el blog y redes sociales porque al hacerlo público se hace para mi más real y la motivación crece.

Se que tengo una razón súper importante y un deseo enorme de no pasar por una cirugía, y quizás debería ser suficiente para lograrlo, pero se que muchos se van a identificar con que a veces las ganas no bastan y se requiere de algo más que termine de empujarnos hacia adelante.

El ejercicio y yo siempre hemos tenido una relación como de “novios molestos”: nos juntamos, estamos un tiempo bien, nos peleamos, luego nos reconciliamos y volvemos a intentarlo solo para alejarnos nuevamente. Con el agravante, de que en medio de esas “peleas” resucita como consuelo el amor al dulce, la grasa y el pan.

Entonces, es cuando para obtener resultados viene trabajo en dos vías:

Resolver mis pendientes emocionales, que como les comenté en mi post anterior está en proceso; y seguir y seguir insistiendo con el ejercicio y la alimentación sana hasta que logre lo que algunos traen de fábrica: disciplina; y se forme el hábito y se haga el monje como dice el dicho. (Ven, por eso era post con café y no con birra, calorías).

Pues aquí voy: dos días de haber vuelto a ese lugar mágico/tenebroso llamado gimnasio y de retomar hábitos de alimentación saludable, entre amor/odio, que voy y vengo... ¡Pero sigo! El que persevera alcanza y un día lograré la disciplina en pro de mi salud y mi espalda ¡A ver si no nos atropellan los tamalitos de diciembre!.

Mari.



PD: no importa cuántas veces hayan intentado alcanzar algo y hayan desistido, lo importante es que nunca dejen de intentar. Tanto va el cántaro al agua que se rompe y en algún momento el intento se convertirá en acción continua y la meta en éxito.
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jueves, 2 de noviembre de 2017

La vida que quiero


Post con birra.

Desde que regresé de mis vacaciones y de la experiencia que me motivó a abrir este blog, me he estado preguntado mil veces si la vida que estoy hoy viviendo es la vida que quiero realmente vivir.

La sociedad siempre nos vende la idea de que la felicidad es sinónimo de éxito y por tanto el objetivo supremo de nuestra existencia debe ser alcanzarlo, y quizás sea cierto. ¿Dónde para mi se origina el error? En el significado de la palabra éxito que la sociedad por años nos ha impuesto: estudiar, tener al menos un título universitario (entre más, mejor), conseguir un trabajo cuyas características principales debe ser estabilidad y dinero, buscar una pareja, comprar una casa y un carro, casarnos, tener hijos, darles “lo mejor de lo mejor”, dejarles su futuro asegurado, seguir trabajando hasta pensionarnos y luego pues, esperar a que la pelona venga a llevarnos un día cualquiera.


Cualquiera que no quiera seguir ese camino, se expone a las críticas y señalamientos de quienes creen que solo existe una forma de vivir. Me niego a aceptarlo. Me niego a pensar que algo tan maravilloso como el milagro de la vida tenga como propósito universal trabajar, reproducirnos y acumular bienes. Ojo, no me mal interpreten, no critico a quienes siguen la norma y eso los hace felices. Porque más bien a ese punto voy: ¡Hay mil maneras de ser exitoso y por consecuente feliz!

Pero nos tienen tan adoctrinados con la fórmula única, que enfocamos nuestra energía en lograrlo y si tropezamos en algún punto empezamos a acumular frustración y a ser infelices. Y aún cuando a veces “lo tengamos todo” puede ser que en el fondo haya una espinita que no permite que alcancemos la plenitud, y esto genera como un círculo de culpa: ¿Por qué si lo tengo “todo” no me siento feliz? Y nos respondemos con un latigazo: Soy una persona mal agradecida, ya desearan otros todo lo que yo tengo. Pero la espinita sigue ahí, en el fondo, día a día.

Creo que es vital hacer un alto en el camino y reflexionar con el corazón y mente abierta sobre estas preguntas:
  • ¿Cuál es el sentido y propósito real de MI vida? (Si así, MI VIDA, en grande)
  • ¿Cuánto de lo que hacemos día a día realmente lo queremos hacer?
  • ¿Cuántas de nuestras metas son nuestras de verdad y cuantas son “requisitos” de otros o de la sociedad?
Conversando con unos compañeros un día que andaba melancólica por este tema les hice esta pregunta:
  • Si hoy pudieran elegir que quieren ser, en qué quieren trabajar, sin pensar en el dinero, ni la gente y enfocados solo en hacer algo que realmente los llene y disfruten ¿Qué harían?
Ninguno haría lo que hoy hace. Repetí estas preguntas a otras personas y ninguno eligió su hoy como respuesta. Empecé a sentirme acompañada en mi momento actual.

El tiempo es un regalo enorme, pero una vez que pasa nunca lo podemos recuperar ¿No deberíamos invertirlo y no solo gastarlo? La vida es tan corta que es realmente pecado dejar que solo pase sin hacer de ella algo que realmente valga y sume. El mundo avanza, pero cada día estamos más ocupados, más estresados y menos felices. Eso no puede ser éxito.

Y se que muchos sienten lo mismo que yo, tienen las mismas inquietudes y el mismo deseo de querer hacer algo más que “esto”. Pero el miedo paraliza, salirse el canasto paraliza, romper esquemas paraliza, la comodidad y la estabilidad paraliza. Es normal, así nos han educado por siglos: siga la norma.

Nadie nos enseña a buscar nuestra propia fórmula de éxito, por eso ahogamos nuestros verdaderos sueños entre un montón de deberes y ocupaciones que no queremos realmente tener, pero que nos darán comodidad y esa palabra para mi es el antónimo de plenitud.

Tengo muchas dudas, y si, también miedo. Pero en momentos así recuerdo a mi hermana “El miedo es humano, es normal. Pero no debe ser más grande que la fe”. Así que tengo también la convicción de construir mi propio camino, de vivir cada día y no solo sobrevivir a cada día. Estoy en el proceso, con pequeños pasos titubeantes, pero voy.

Cierro con esto: Lo único seguro en la vida es la muerte, y cuando ese momento llegue quiero darle la mano e irme en paz, sin la sensación de que desperdicié mi vida y pude haber hecho algo más que solo “estar”.

Que cada uno esté viviendo la vida que quiere, y no a la que se acostumbró o resignó. 


Mari.

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