domingo, 25 de marzo de 2018

Reflexión sobre mi Madre


Esta va al calor de un cafecito en la sala de mi madre.

Si se han preguntado por qué llevo varias semanas sin actualizar el blog, no fue que me quedé perdida en algún paraje de Irlanda o Escocia (aunque francamente me hubiera encantado estar mucho más tiempo por allá), si no que regresé a Costa Rica bajo una situación especial: mi madre estaba hospitalizada.

Creo que nunca les he hablado de ella, pero es la persona más importante de mi vida, a quién debo todo cuanto soy; así que fueron días de mucha incertidumbre pero también de fe, oración, unión familiar y mucha reflexión, y eso es lo que quiero hoy compartirles.

Desde los 8 años, quizás antes pero no lo recuerdo, he tenido una pesadilla recurrente que me hacía despertar con el corazón a reventar y me impedía conciliar con facilidad el sueño nuevamente: mi madre moría. Aún ahora pasados mis 30s la he tenido muchas veces, al punto de despertar bañada en llanto en la realidad por el dolor del sueño.

Sin embargo creo que, a pesar de ese miedo enorme y de haber perdido de manera muy prematura dos buenos amigos en el pasado, caí en la trampa de pensar que todo es eterno, incluyendo las personas que más queremos. Pero no es así, nada y menos nadie estará aquí por siempre.

Y al paso de los días sin avance médico, la incertidumbre fue haciendo que el miedo se adentrara en mi corazón, pues por primera vez enfrenté la posibilidad palpable de perder a mi madre.
¡Habían tantas cosas en mi cabeza! Pensaba si volvería a verla entrar nuevamente a la casa, si almorzaríamos juntas algún sábado más como casi siempre hacemos o si estaría ahí para felicitarme cuando consiguiera un nuevo empleo.

Cada día que me despedía de ella en el hospital diciéndole adiós con la mano desde el final del pasillo o desde su cama en el salón, el horror me congelaba las venas al pensar que ese quizás podría ser el último momento en que la viera con vida. Y desde ese segundo y hasta el día siguiente que llegaba nuevamente al hospital, ese horror me hacía un puñito el alma.

Dormía en su cama para estar más cerca de mis hermanas, pero conciliar el sueño era realmente una lucha cada noche, porque el vacío de su cuarto hacía que el agujero de mi pecho fuera del tamaño del universo, dejando espacio para que la ansiedad hiciera de las suyas. Solo quería que amaneciera para poder ir nuevamente a verla y confirmar por mi misma, que ella seguía aquí y estable.

Como les dije, fueron días duros, donde la paz solo la alcanzaba al pie de su cama de hospital. Y también días de reflexión, donde comprendí que no era tan buena hija como pensaba y que podía hacer de nuestro tiempo juntas uno de mayor calidad.

Lloré mucho ¿saben? Porque pude ver lo sola que la había dejado en muchos momentos por concentrarme solo en mis problemas, lo poco que en ocasiones la escuchaba a pesar de que tenemos una muy buena relación, el poco apoyo que brindaba en algunas situaciones, pero principalmente, las muchas ocasiones de besarla, abrazarla y decirle lo mucho que la amaba que había desperdiciado.

Se que nunca voy a estar preparada para su partida, pero mucho menos quería que sucediera en un momento de tantos grises en mi vida que se, a ella le causan preocupaciones e inquietudes. Le pedí con todo mi ser a Diosito que me permitiera cumplir lo que le prometí el día que regresé al país, que regresaría con nosotros a casa y vería como todo iba a estar bien.

Y así fue. Diosito en su inmenso amor, nos permitió llevarla a casa. Y aunque aún nos queda camino, cada día que pasa al lado de ella y toda mi familia es una bendición del tamaño del universo.

¡Me queda aún tanto por mejorar como hija! Pero voy en el proceso, porque esta experiencia me hizo recordar que el tiempo es el regalo más precioso de la vida. No se si nos quedan juntas días, meses o años, pero se que quiero aprovechar cada segundo que pueda con ella, disfrutar de esos pequeños momentos que no percibimos pero son realmente benditos.

Trato de decirle cada día lo mucho que la amo y de demostrárselo; y no solo a ella, sino a mis hermanas, a mis sobrinos, a mis amigos. No quiero guardarme más el amor para mañana sin saber si habrá un día más para entregarlo. Y cada día antes de dormir, le doy gracias a Tatica Dios por el regalo de cada segundo vivido.

Quería compartirles esta experiencia para que reflexionemos si realmente estamos aprovechando el tiempo con nuestros seres queridos, si estamos dando de nosotros lo mejor que tenemos para hacerlos felices. Hoy a pesar de los días grises, tengo la dicha de seguir con ella a mi lado, pero a veces el tiempo no da tregua y no vaya a ser que cuando el ocaso de una vida llegue, nos quedemos con el dolor de la perdida y el sinsabor permanente de que pudimos dar más y vivido más.

¡Corran a abrazar a todos sus seres queridos! Pues HOY es todo lo que tenemos.

Mari.





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