miércoles, 3 de octubre de 2018

Siendo feliz cuando no estamos tan felices

Este va con cafecito bien cargado.

Aún puedo recordar la sensación tan increíble de paz que tenia al pie de esos acantilados en Irlanda; cierro los ojos y puedo sentir y escuchar soplar fuertemente el viento al tiempo que se llevaba todo mi dolor, mis preocupaciones y mi basura interna hasta el fondo del mar.

Tenía tanto tiempo de no tener una paz tan plena que en ese instante todo me parecía nuevo. Me prometí no volver a permitir que nadie, ni siquiera yo, me volviera a hacer tan pesada la carga en el corazón. Han pasado 8 meses desde que me despedí con lágrimas de felicidad de los Acantilados de Moher y fijo la mirada en el espejo para con un sabor amargo decirme, que me he roto esa promesa… Yo y solo yo misma.

Una semana completa de crisis ansiosas, algo que no me sucedía desde hace unos 5 años quizás, me confirma que la carga nuevamente es demasiado pesada para caminar sin dificultad.

¡Quisiera con mi alma entera estar de nuevo en Moher! O tomar nuevamente ese avión que me lleve un mes lejos de acá, pero no puedo porque ¿Cómo huir de nosotros mismos? No hay lugar en el mundo del que podamos escapar de nuestros pensamientos y nuestros demonios…

No es que ese viaje haya sido en vano. Se que en ese mes mi corazón y mi cabeza dejaron atrás muchas cosas, cerré etapas que insistía en mantener, tomé decisiones que había postergado por mucho tiempo, me reencontré conmigo en algunos aspectos, gané seguridad en mi misma y me llené de una energía renovada y diferente.

¿Entonces que pasó? Que conservé algunos malos hábitos que volvieron a echar piedras al paso como el de postergar decisiones importantes, pensar y repensar las cosas innecesariamente, querer abarcar más de lo que en realidad puedo y dejarme a mi un poco de lado por el estrés y afán del día a día.

Y esas pequeñeses, como las he visto hasta hoy, han hecho que todo lo ganado y aprendido, incluso la lucha por mi salud física se vea ensombrecido por el regreso de mi ansiedad y la pérdida temporal de mi salud emocional. 

Y ahora que lo he reconocido, hago incapié en una frase que escuché un día de estos y viene perfecta: “Agua pasada no mueve el molino”. Esta vez, no me voy a quedar lamentándome por haberme traído al presente costumbres que me han dañado en el pasado, lo digo ahora para poder materializarlo, digerirlo y pasarlo de una vez por todas.

Porque a final de cuentas esto es la vida, un constante aprendizaje, un constante cambio, un andar disparejo que nos da buenos paísajes pero también baches en el camino. Es el ciclo de la evolución, la destrucción para la creación, el dejar ir para permitir llegar también. Y está bien, es natural. Porque por más que nos obsecione, la perfección no existe.

Y como lo he dicho en otros post, la felicidad es una decisión personal que yo tomé ya hace tiempo y disfrutar el viaje no es solo sonreir cuando sale el sol, sino hacerlo aún cuando haya lluvia y esté el cielo oscuro. Sencillamente.

No quiero pensar en ayer, pero tampoco voy a preocuparme de más por el mañana, porque de ninguno tengo control. Voy a abrir mis ojos cada mañana y recordar que ese momento es todo lo que tengo y lo único que es real; y aprovecharlo sin miedo ni reserva.

Hoy, no me voy a crucificar por haber tropezado. Me sostengo firmemente, esbozo una sonrisa y me recuerdo a mi misma: “No pasa nada Mari, es solo parte de la magia y la bendición de vivir”. Y si doy un paso atrás, tomo impulso y me mando con 2 hacia adelante, eso también es progreso y es lo único que verdaderamente cuenta.

Mari.
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