domingo, 4 de febrero de 2018

Mi nombre es Marieth, y sufro ataques de pánico.

Este va al calor de una taza de café bien caliente (porque estamos a 1° en Edimburgo).

Me encontraba como decimos los ticos “ventaneando” en una calle de Dublin y vi una famosa tienda con liquidaciones y ¿quién puede resistirse? ni cinco minutos después estaba en la entrada sacando de mi bolso las “gotas mágicas” para calmarme. No fue la emoción de los descuentos sino, otra sensación ya bastante – demasiado – conocida para mí.

Cuando escribí sobre este viaje, les comenté que me iba a enfrentar a algo con lo que había luchado por cinco años. Así que formalmente me presento: mi nombre es Marieth y sufro ataques de pánico.


Empezó a finales de enero del 2013, iba camino a la terminal de Ciudad Quesada en San José y empecé a sentir el pecho apretado y dificultad para respirar. Regresé a casa porque me sentía “angustiada”, Mami me dijo que seguro era nervios y me dio una pastilla de tilo. Me empecé a sentir mejor y pensé que ahí había quedado.

Al día siguiente en la noche, sentí otra vez lo mismo pero acompañado como de un ardor súbito en el corazón, salí del cuarto a pedir ayuda porque sentía que se me iba a salir el corazón del pecho y casi no podía respirar. Me tomaron la presión y la tenía elevada, las pulsaciones estaban en casi 120 cuando el rango normal es entre 60 y 90. Me volvieron a dar una pastilla para los nervios y con más dificultad que el día anterior, el malestar fue pasando.

Sin embargo no podía entender como los nervios podían hacer que me sintiera tan mal sin estar yo nerviosa conscientemente y busqué una cita con un cardiólogo. Cuando me hizo el electrocardiograma, me dijo que uno de los ventrículos estaba obstruido y me envió a emergencias del Calderón Guardia.

¿Pueden imaginar cómo iba de camino? Sentía que iba a morirme. Cuando llegué me atendieron rápidamente y el diagnóstico fue: Ansiedad ¡Pero yo no estaba estresada! ¿Y lo que dijo el otro cardiólogo? Dijeron que era una lectura errónea de la taquicardia que presentaba. Me medicaron y me enviaron a casa.

Por el resto de la semana creo que estuve bien hasta que el sábado en la noche todo empeoró. Los síntomas que tenía anteriormente se habían multiplicado a tal punto que me tuvieron que llevar a emergencias porque la presión se me estaba subiendo muchísimo.

Nuevamente me pasaron rápidamente y me hicieron un electrocardiograma. Sentía como unas “descargas calientes” en el corazón, tenía los brazos dormidos, me dolía mucho el estómago y respiraba con bastante dificultad. Sentía una sensación de angustia demasiado grande en el pecho. El doctor me preguntó si iba a sola o acompañada, le dije que iba con mi mamá y mi hermana y le pidió a la enfermera llamar a mi mamá.

En ese momento, estaba segura que estaba muy mal y que posiblemente moriría, por eso no me decían nada y llamaban a mi mamá. Fue el peor momento de mi vida. Pensaba en cómo sería la vida de mi familia sin mí, en cómo mi mamá enfrentaría mi muerte, en que mis sobrinos menores estaban muy pequeños y quizás no me recordarían, en si cuando muriera podría desde donde estuviera ver a mi familia llorar por mí, en cómo se sentiría morir y en todas las cosas que sentía me quedaban pendientes por hacer. Cada vez que sentía esa “descarga caliente” en el pecho, pensaba que ese sería el momento en todo terminaría.

Recuerdo ver el rostro de angustia de mi mamá en la puerta del consultorio y al doctor decirle que pasara. Entonces nos dijo que efectivamente tenía una taquicardia bastante fuerte pero que no parecía haber un mal cardiaco detrás. Me envío a hacerme unos exámenes de sangre y uno especial donde se puede ver si el corazón ha sufrido infartos o micro infartos y mientras, me puso debajo de la lengua una pastilla de las que toman los hipertensos a ver si podían controlar la taquicardia.

Nada. Estaba extremadamente asustada, lo cual claramente complicaba mi condición, así que una vez que descartaron con los exámenes que hubiera algo cardiaco atrás, me dieron una receta especial y de ahí, no supe más de mi hasta el día siguiente como a las 9:00.

En el momento que desperté me llevaron donde el doctor y me explicó que se trataba de ataques de pánico por estrés. Le dije que no estaba estresada pero él me dijo que podía darse luego de una curva alta de estrés, y que al bajar el cuerpo colapsaba. Eso era probable porque había cambiado de trabajo, estaba dando clases en la universidad y además estudiando.

Sin embargo no podía sacarme de la cabeza el diagnóstico del cardiólogo anterior y pagué un eco-estrés para desechar la mínima duda. Todo normal, lo cual me hacía feliz al saber que mi corazón estaba sano pero me hacía preguntarme cómo era posible que mi mente estuviera haciendo eso.

Los ataques fueron cada vez más frecuentes hasta que llegaron a ser casi diarios. Me sentía demasiado frustrada e infeliz y recuerdo que llegué a pensar, que eso que llevaba había dejado de ser vida. Lloré mucho. Hasta que un día en una conversación con mi hermana, ella me dijo que lo viera como la diabetes; un diabético necesitaba de la insulina para estar bien, quizás yo necesitaba de una pastilla para estar tranquila y que eso no me hacía loca ni rara, solo era una condición.

Sin embargo, también me dijo que buscáramos ayuda profesional y buscamos una psiquiatra. Fue duro, porque tuve que enfrentarme a muchas reflexiones de mi vida que había estado evitando por mucho tiempo, aceptar la responsabilidad de cosas que hasta aquel momento había tirado a otros, pero lo más importante, empecé a razonar mi condición.

Investigué que le pasaba a mi cuerpo físicamente en cada ataque para comprender cada síntoma: la descarga caliente (descarga de adrenalina), el adormecimiento de brazos y la opresión de pecho (hiperventilación) el dolor de estómago y la sensación de angustia (nervios por pensar que algo malo me estaba pasando), etc. y poco a poco empecé a estar mejor.

Esperaba curarme del todo, sin embargo la psiquiatra me dijo que ser ansioso/depresivo era como ser alcohólico rehabilitado: podía estar bien pero nunca iba a dejar de serlo. Iba a ser una lucha constante contra mi condición, pero que no debía pensar en ello, solo debía preocuparme de vivir y luchar un día a la vez.

Y bajo esa consigna, los ataques pasaron de diarios a semanales, de semanales a quincenales, luego a mensuales, y cuando supe llevaba varios meses sin tener uno ¡lo había logrado! Estaba recuperando nuevamente mi vida y mi paz.

Por mucho tiempo hablar de mis ataques fue prohibido para mí. Me daba vergüenza que la gente supiera lo que mi mente era capaz de hacerle sentir a mi cuerpo. Me sentía como un bicho raro. Hasta que comprendí que no era la única persona que pasaba por esta situación, éramos varios, muchos lamentablemente.

Poder compartirlo también me ayudó mucho a sobrellevarlo, porque pude hablar con personas de la misma condición y sentirme acompañada. Además, compartirles mis esfuerzos y lo que me había ayudado a ir poco a poco mejorando me hacía sentir que al menos todo aquel infierno – porque así se siente – había servido para algo y tenía algún sentido.

En los 18 días que llevo acá he sufrido 5 o 6 ataques, 2 el día que me vine y los demás en la última semana debido a una situación familiar. Sabía que esto podía pasar, y les digo que no ha sido nada sencillo sobrellevar el miedo que se siente en medio de cada cuadro sola, sabiendo que mi familia quién ha sido mi pilar de apoyo principal está a muchos kilómetros de mí. Pero acá estoy en pie.

Porque si algo aprendí en estos cinco años, es que las personas pueden ayudarme a estar mejor, pero la única que tiene el poder de detener o hacer más grande cada ataque soy yo. En medio de cada cuadro razono conmigo misma y me recuerdo que he pasado ya cientos de veces por las mismas sensaciones, que nada malo va a ocurrir y que va a terminar en el momento en que yo así se lo ordene a mi mente.

Trato de no tomarme las gotas o comerme la gomita para obligarme a ser más fuerte mentalmente, pero si lo tengo que hacer ya no hay drama por ello, es parte del proceso. Personalmente tomé la decisión de no tratarme con los medicamentos que en su momento me envió la CCSS por miedo a crear adicción y busqué una alternativa natural, pero eso va en cada caso y criterio.

Otras cosas que me han ayudado, es pintar en medio de los ataques porque hace que la mente se concentre en algo más que en lo que ocurre físicamente; hacer ejercicio regularmente para liberar estrés, mejorar mi alimentación (somos lo que comemos), y una app de entrenamiento mental que se llama Peak y me distrae para dejar de pensar en el miedo.

Pero una de las mejores prácticas sin duda ha sido dejar de acumular todas mis emociones, porque van formando una bomba de tiempo que termina por explotar como me pasó a mí hace 5 años. Yo que no soy buena diciendo lo que siento, encuentro desahogo escribiendo. Otros quizás lo hagan, dibujando, bailando, corriendo, etc. Pero no se puede creer que el corazón es un hoyo infinito donde se puede meter y meter cosas sin que nada suceda.

Finalmente, como persona creyente en Dios, me he tomado de su mano para que fortalezca mi alma y me de consuelo, pero como dice el dicho “A Dios rogando y con el mazo dando”, también hay que hacer nuestra parte y buscar cómo sentirnos mejor.

Quiero concluir este post con dos puntos claves:

Si conoce a alguien que sufra depresión, cuadros ansiosos o ataques de pánico: no lo juzgue ni lo haga sentir culpable por su condición, créame que nadie escoge ni quiere vivir así. Por el contrario, esté ahí a su lado, sin preguntas ni señalamientos, solo sea un apoyo. En mis primeros meses mis hermanas o mi mamá se quedaban conmigo mientras el calmante me hacía efecto y sentir ese apoyo, era aún más poderoso que el calmante en sí.

Y si usted ha pasado o está pasando por lo mismo que yo quiero que sepa que no está solo, que no es un bicho raro, que no hay nada dañado en su cabeza ni tampoco es débil; simplemente tiene una visión más sensible de los eventos en su vida que debe aprender con paciencia, amor propio y quizás ayuda profesional, a manejar.

NO TENGA MIEDO, no crea que la vida no va a ser buena o que nunca va a volver a estar paz, le prometo que SI SE PUEDE volver a vivir feliz y plenamente, solo tenemos que aprender una forma nueva. Pero USTED TIENE EL CONTROL, solo confíe en usted mismo y repítase constantemente que puede, porque se lo juro que puede.

No se estrese por el mañana, solamente vaya un día a la vez. Cada mañana cuando despierte dígase a usted mismo frente al espejo: solo por hoy no voy a tener miedo, solo por hoy voy a ser feliz, solo por hoy voy a alejar de mi mente todo pensamiento negativo y pensar solo en cosas chivas ¡pero créaselo sinceramente!

 Y si a pesar de eso el ataque llega, no se auto flagele pensando que no va a poder, sepa que es un ejercicio de paciencia y constancia: Dígase, ok! Está bien. Pero mañana levántese con la convicción aún más fuerte y la energía aún más positiva, y verá como poco a poco la paz regresa.

Me disculpo por hacer el post extenso, pero quería sinceramente poder compartirles mi panorama completo y decirles que la vida es buena, es bella y vale la pena luchar cada segundo por disfrutarla.

Mari.




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